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La antidemocracia del votar



No, no me he vuelto loco (aún) ni me he puesto ahora a escribir sobre política o sociedad, no es un terreno sobre lo que me vea capacitado (y además probablemente ya haya demasiadas personas opinando en la red sobre eso). A lo que me vengo a referir es que el voto, como herramienta de resolución de un conflicto en un grupo o equipo, nunca debería de ser la primera opción, más bien la última, y si se pudiera evitar a toda costa, mejor, ya que requiere, para que este sea verdaderamente democrático, que haya un contexto que garantice su valor. Vamos a reflexionar un poco sobre ello.


Siempre me resulta muy curioso observar a un grupo que opta, en primera instancia por votar. Me pasa mucho con mis alumnos en la universidad, cuando se les propone una actividad en la que se les pide que decidan en grupo, tienen una tendencia automática a resolver rápidamente hacia la votación. ¿Por qué? "Votamos y se acabó el problema." - me dicen ingenuamente. Desde luego, votar es una forma rápida de resolver, sí, no obstante, no se avanza desde los posicionamientos iniciales, no se da lugar a discusiones que puedan elevarse y, en definitiva, construir una mejor respuesta. Ahora bien, ¿es la respuesta de una votación apresurada la mejor respuesta? ¿estará todo el mundo de acuerdo con la opción votada? Probablemente no, y después habrá que lidiar, precisamente, con las consecuencias que eso acarrea.


En primer lugar contestamos a la primera pregunta y las consecuencias que puede acarrear. ¿es esa la mejor respuesta? Hagamos un pequeño repaso a los básicos. Una buena decisión requiere (como explico en este curso: https://www.linkedin.com/learning/toma-de-decisiones-en-situaciones-de-gran-estres) trabajar sobre varias preguntas como el ¿qué sé? ¿qué quiero? ¿qué puedo hacer? que actúan como patas de un taburete. Así, cuando en la respuesta a alguna de las preguntas que representan esas tres patas del taburete no se ha invertido el suficiente tiempo de reflexión, probablemente ocurrirá que ese taburete cojee por alguno de los lados. Votar impide y bloquea que precisamente se origine esa reflexión en el grupo. Si un grupo se centra demasiado en la resolución, y no piensa en lo equilibrado que pueda estar ese metafórico taburete, difícilmente se estará alineando con la mejor solución posible. En realidad, lo contrario, probablemente estarán dejando esa decisión prácticamente a merced del azar. Además ocurrirá de la siguiente forma: en función de lo que cada persona del grupo, de forma individual, haya reflexionado y sin generar un intercambio de ideas que permita la construcción o el ajuste de las ideas propias. En otras palabras, las decisiones se basarán en la asunción de que las personas que deciden están preparadas para hacerlo sin contemplaciones. No obstante, esto rara vez es así. Además hoy, cuando la mayoría de las formas de comunicarnos nos invitan a ser impulsivos en nuestras decisiones, mucho menos.


Vamos a echar la mirada un poco para atrás. Sin ánimo de dar ninguna lección de historia ni meterme en temas que no son los míos, en la Grecia antigua definieron la democracia como el gobierno de la multitud de las polis o ciudades, en la que sus participantes eran ciudadanos a los que se les exigía estar muy informados sobre los temas a tratar. En este sentido, se planteaba que los ciudadanos, debido a su alto interés y a la inversión de tiempo que hacían para la reflexión de los temas candentes que elaboraban sus momentos de pensamiento tanto individual como el que se construía en espacios de intercambio de ideas (asambleas o ekklesías, como ellos las llamaban), contaban con las condiciones necesarias para poder ejercer una participación en la toma de decisiones. De hecho, los ciudadanos de las polis estaban obligados a asistir a todos los plenos asamblearios y participar en ellos. A modo de curiosidad, os pego un extracto curioso de la Wikipedia que ofrece aún más contexto sobre los mecanismos de coerción social que se erigían sobre aquellos que no participaban en los asuntos del momento. Cito literalmente:


El desprecio de los atenienses de época clásica por aquellos que no participaran en política ha quedado reflejado en el insulto moderno “idiota", procedente de ἰδιώτης, término que originariamente aludía a aquella persona que no se involucraba en la política sino que sólo se dedicaba a los asuntos particulares (τὰ ἴδια). En su discurso fúnebre Pericles dijo: «No es que consideremos al que no participa en estos asuntos como poco ambicioso, sino como inútil.»


Ya vemos lo importante que era para los atenienses incluirse en política. Permitidme una pequeña frivolidad. Un aspecto importante a tener en cuenta en este contexto es que estos griegos podían dedicarse a la reflexión porque fundamentalmente no hacían nada mejor en sus vidas, es decir, eran parte de una clase privilegiada bastante desprovista de preocupaciones mundanas para los cuáles ya estaban sus respectivas mujeres o sus esclavos. En cualquier caso podemos extraer lo siguiente en cuanto a las condiciones de democracia que reconocieron los que la inventaron: para votar de forma democrática, las personas tienen que estar en plena condición de reflexión en su toma de decisiones, tienen que haber intercambiado puntos de vista que les promoviera una construcción elevada de su opinión inicial. Lamentablemente, en nuestras tomas de decisiones, rara vez nos damos la oportunidad de convertirnos en privilegiados "atenienses" circunstanciales que aseguren que nuestras tomas de decisiones son suficientemente democráticas. De hecho, las tomas de decisiones están, en la mayoría de los casos, condicionadas a contextos de urgencia donde la reflexión es bloqueada por distintos factores de contingencia como el tiempo (o la falta del mismo).


Vayamos ahora a la segunda pregunta que planteaba más arriba ¿podemos estar seguros que una opción mayoritaria es una opción que satisface a todo el mundo? Probablemente no. Para empezar la minoría circunstancial que ha votado en contra de esa opción seguramente sienta que se ha ignorado por completo su posicionamiento. Al final, es de prever que entre esa minoría afloren sentimientos de desafección. No podemos ignorar que el grupo espera, tras esa resolución del voto, que las personas asuman, sin contemplaciones, la concatenación de acciones que acompañan a una decisión. Tampoco podemos ignorar que las personas que no votaron por la opción mayoritaria, a lo mejor, quería precisamente evitar esa concatenación de acciones por los motivos que sean. Por lo tanto, el grupo comienza a ejecutar la decisión favoreciendo la desintegración del propio grupo, discriminando a aquellos que no pensaban igual que la mayoría, señalando prófugos o marginados. Sí, utilizo palabras con carga porque la exageración cuando se habla de emociones, ayuda a entender mejor las respuestas que le acompañan. Sin dar cuenta de lo que para una persona significa emocionalmente quedar evidenciado en el ostracismo o el aislamiento del propio grupo, desde luego que no es el mejor punto de partida para la cooperación.


Por eso, el voto en los grupos se ha de evitar, porque no promueve el compromiso grupal en la reflexión ni en el posicionamiento. El caldeamiento de una discusión permite la construcción mutua de decisiones mejores, que equilibren de forma adecuada a las tres patas del taburete. El grupo requiere de acciones que contribuyan a favorecer una cultura del compromiso, por eso en un conflicto, la discusión no es intercambiable por una votación, ya que una votación provoca colaterales que el grupo se verá obligado a gestionar en algún momento. Además una votación no resuelve el conflicto, lo evita. En definitiva, promover la interacción, el intercambio y la interdependencia es siempre una ganancia del grupo, y todo lo que no se alinee con eso, lo mejor es no considerarlo ni como una opción.



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